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El Gobierno quiere colaborar con las Comunidades Autónomas para evitar cortes de luz

 

La Operación Diálogo, que tan bien ha descrito Josep Ramoneda, ha llegado a la energía. A pesar de la oposición política y la movilización ciudadana, el anterior Gobierno del Partido Popular llevó a cabo todo un programa de medidas energéticas destinadas a consolidar los privilegios del oligopolio y frenar todo el desarrollo de las energías renovables y del autoconsumo en España. Hoy la aritmética parlamentaria es completamente diferente y hay suficientes puntos en común entre los partidos de la oposición como para revertir una parte importante de estas políticas.

Apropiándose de una narrativa y un lenguaje que empiezan a ser parte del sentido común (cambio climático, descarbonización, renovables, eficiencia, etc.), el ministro Álvaro Nadal pretende reunir a todas las fuerzas políticas en torno a un pacto de estado de la energía en el marco de los objetivos de reducción de emisiones y la necesidad de una transición energética. Sin embargo, visto lo visto esta semana en la comparecencia en comisión, el objetivo de esta legislatura es darle unas pinceladas verdes a todo lo hecho, lo justo para cumplir con los deberes que nos ponga la Unión Europea pero sin que suponga ninguna reforma de calado en nuestro modelo energético.

Lo dejé muy claro el pasado martes en mi intervención del pleno sobre la necesidad de una ley de transición energética y cambio climático: no vamos a consentir que el discurso verde sirva para perpetuar los privilegios del actual modelo energético sucio, injusto, especulador y diseñado para apuntalar los intereses del oligopolio. La transición energética tiene un gran potencial transformador para construir un nuevo modelo energético limpio, justo y democrático, en el que la energía sea considerada como un derecho.

Entre algunos de los mensajes que dejó el ministro destacaría el de renovables sí, pero las justas y con calma (amparado en el falso mantra que “son una carga para el sistema”). Un discurso anacrónico que se deja en el camino los múltiples beneficios de apostar decididamente por las energías limpias (empleo, liderazgo en I+D, riqueza industrial, reducción de emisiones). El autoconsumo es, según pudimos escuchar, además de elitista, la mayor amenaza a la que se enfrenta el sistema eléctrico. Detalladas explicaciones técnicas y tecnocráticas interesadamente hiladas y parciales apoyaban la tesis del ministro. Toda una declaración de intenciones de hasta dónde está dispuesto el ministro Nadal a “dialogar” sobre energía.

El esfuerzo por reducir la transición hacia un modelo energético limpio a una cuestión meramente técnica fue muy evidente. Para el Partido Popular la transición energética es un debate que debe centrarse únicamente sobre tecnologías, costes y megavatios donde hay que dejar las ideologías de lado. Falso. Estamos ante una cuestión política de primer orden: la democratización de la energía. La cuestión no es renovables sí o no, sino en manos de quién las ponemos ¿quién va a controlar la producción de energía limpia, la gente o el oligopolio?

Y este es un debate que de ninguna manera se puede robar a la ciudadanía. No hay nada más político que decidir quién y cómo produce la energía, con qué coste social y ecológico, y si prevalece el interés general o el beneficio económico desorbitado de unos pocos.

Leer más en:

http://www.eldiario.es/tribunaabierta/cuela-senor-ministro_6_590800941.html

 

Businessinsider

La industria alimentaria está dominada por diez grandes compañías que han conseguido diversificar su negocio hasta ser capaces de controlar las principales marcas de las estanterías de los supermercados.

La ONG Intermon Oxfam quiere concienciar a los consumidores sobre lo que compran, por ello han elaborado un gráfico donde se detalle el poder de estas grandes marcas en la industria de la alimentación.

Esta concentración de poder en manos de una decena de grandes empresas también afecta a los hoteles, de hecho, todas ellas proveen de alimentos y bebidas tanto a las grandes cadenas hoteleras como a los pequeños establecimientos.

¿Influye el dominio de estas compañías en el sector de la alimentación en el sector hotelero? 

Según Antonio Garzón, corporativo de Alimentación y Bebidas para los Hoteles Labranda (FTI Touristik) de Gran Canaria, Tenerife, Fuerteventura y Lanzarote, la respuesta es clara: “Por supuesto tienen el poder”, sobre todo para poner precios más bajos por el volumen de pedido, que en los hoteles suele ser muy alto. Por lo general, los establecimientos hoteleros suelen contactar con los distribuidores, pero a veces entran en juego directamente las grandes marcas dando lugar a la negociación: “A veces al contactar con el representante de la marca te da un precio y luego el distribuidor te da otro más alto. En ese punto, se negocia”. La competencia es alta entre las grandes marcas, por lo que pese a ser diez las que controlan la mayoría de la producción alimentaria siguen compitiendo duramente entre sí.

CocaCola 1

Las marcas, importantes para los clientes 

El cliente percibe las marcas, aunque “depende de la familia del producto”, indica Garzón. El ejemplo por antonomasia es el que a los refrescos se refiere: no hay vida más allá de Pepsi o Coca Cola para un refresco de cola. Sería impensable el uso de productos desconocidos porque “la marca blanca perjudica”, sobre todo, en el caso de los ‘todo incluido’, en el que los usuarios buscan cierta exclusividad. “También en el café es importante utilizar  marcas como Nespresso”. Este detalle no se le escapa a las grandes multinacionales. De hecho, Nestlé  ha creado toda una gama de productos, incluidas las máquinas de café, especializada en el sector hotelero.

Leer más en: http://www.tourinews.es/texto-diario/mostrar/529218/marcas-alimentarias-sector-importante-industria-hotelera

El toro es el símbolo de las prosperidad en Wall Street

Nunca tan pocas compañías habían tenido tanto poder. Es la era de los grandes imperios empresariales. El 10% de los grupos cotizados en Bolsa genera el 80% de todos los beneficios que se obtienen en el mundo, según The Mckinsey Global Institute. La excusa de la globalización esconde un apetito voraz por el tamaño. Como el crecimiento orgánico es finito, hay que sacar la chequera para despejar el camino de rivales. Los movimientos de fusiones y adquisiciones (M&A, por sus siglas en inglés) echan humo. La concentración de intereses en pocas manos restringe la competencia. Y eso es malo para los consumidores. La capacidad de presión de los dueños del Monopoly para defender sus intereses se multiplica. Y eso es un reto para los gobiernos.

“Los ciudadanos terminarán pagando más caro lo que podrían tener a precios más competitivos. La concentración nos conduce a un capitalismo en su grado más extremo”, reflexiona Robert Tornabell, profesor de Esade. La economía se mueve en ciclos y las tendencias empresariales también. A finales del siglo XX los grandes gurús de la gestión predijeron el fin de las megacompañías. Atisbaban un hábitat caracterizado por grupos de menor tamaño liderados por emprendedores. Peter Drucker, el padre del management moderno, llegó a vaticinar el fin de la lista Fortune 500, que recopila las mayores empresas del mundo. La realidad, sin embargo, ha dejado esos cálculos en papel mojado. Un dato que habla por sí solo: la facturación de Wal-Mart, la gran cadena de distribución estadounidense, ya equivale al valor de todos los bienes y servicios (PIB) que es capaz de generar Polonia en un año.

Leer más en: http://economia.elpais.com/economia/2016/10/28/actualidad/1477665181_554574.html

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